A mi Madre

Hace poco conversaba con algunas de mis amistades sobre el concurso de belleza de Miss Mundo, y me puse a pensar en el certamen, las concursantes deben responder a varias preguntas de los jueces. Una de ellas es:
« ¿Quién es para ti un modelo de conducta?», o: « ¿A quién admiras más?»

Si me preguntaran eso a mí, ¿qué respondería? ¿Nombraría a la madre Teresa o a Florence Nightingale u otra mujer cuya vida de sacrificio y servicio a la humanidad haya inspirado a millones de personas?
No. Claro que no… La persona a la que admiro más es a mi madre.

Desde hace veintisiete años mi madre ha servido al prójimo como misionera en numerosos países de tres continentes, los últimos cinco en África.
Aunque eso ya en sí es sorprendente, lo hace más extraordinario aún que veintitrés de esos años ha vivido con una enfermedad debilitante y poco común que le afecta todas las articulaciones y hace terriblemente dolorosos hasta los movimientos más simples.
Sin embargo, al verla, aparte de una leve cojera, ni se le nota. Para mí, esa es una de sus cualidades más admirables: aunque sufre, nunca tiene una palabra de queja en los labios; solo una sonrisa radiante.
Aun los que estamos más cerca de ella a veces nos olvidamos de que sufre una grave dolencia, hasta que desaparece y la encontramos en la cama, incapaz de moverse por el dolor.

Además, no oye bien, y hace poco perdió la vista en un ojo. Su vida privada tampoco ha sido un lecho de rosas, pues ha sufrido desengaños amorosos. Cualquiera diría que su vida está plagada de adversidad, pero ella solo se fija en los buenos momentos, y exclama: «¡Cómo me Bendice Dios!»

Yo diría que su gran fortaleza proviene de su profunda fe en Dios y el amor de Él hacia ella, amor que se desborda sobre todas las personas que tratan con mi madre.
Ha dedicado la vida a servir al prójimo, y no solo ha hecho de ello su profesión sino su modo de vida. Irradia tal paz, amor y consuelo que las personas se sienten atraídas hacia ella como por un imán. Hasta los más alocados y rudos se toman tiempo para desahogarse exponiéndole sus problemas, temores y sueños, y es una madre para todos. Por medio de su sufrimiento puede consolar a otros que sufren.
Esa es mi idea del cristianismo: predicar con un ejemplo vivo de amor y preocupación por los demás.

No basta amar solo cuando se tiene el deseo, todo va bien y se rebosa de salud, o cuando hay pocas cosas que nos exigen tiempo y tenemos fuerzas de sobra.
Amar es llorar con los que lloran, porque se entiende su dolor.
Amar es ser un paño de lágrimas. Es tender una mano que levanta a otros, aunque se esté demasiado cansado para levantarse uno mismo.

El amor no dura una hora ni un día. Es eterno.

     Mi madre no es Miss Mundo, pero a mis ojos es la mejor.
Le sobra gracia y belleza interior, y lo demuestra a diario.
Jamás será famosa ni recordada en los libros de historia,
pero su amor vivirá para siempre en los muchos corazones a los que ha conmovido

Escribenos queremos saber de ti

 

Gracias Señor por dejar que nuestros ojos vean tu luz

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