Solo un día más

«Solo un día más. Solo un día más», me repetía para mis adentros mientras avanzaba por un camino polvoriento hacia la entrada del hospital. A pesar de lo temprano de la hora, ya sentía el sol con fuerza en la nuca. Me dolían los brazos por el peso de un cajón que llevaba con medicamentos y otros artículos. Era el quinto y último día de atención médica gratuita en una zona rural de Nigeria, donde otros integrantes de La Familia Internacional y yo asistíamos a un grupo de médicos voluntarios. Al cabo de cuatro interminables días de estar de pie y de dormir poco, me sentía irritable y tenía ganas de volver a casa. Pasé por las largas filas de personas que esperaban a que las atendieran, muchas de las cuales habían llegado antes del amanecer, y no podía pensar en otra cosa que ducharme y dormir bien por la noche en mi cama. «Solo un día más. Puedo sobrevivir un día más.»
Una vez dentro, mientras preparaba la sala para la llegada de los médicos, estaba ajena a las miradas llenas de esperanza de madres que esperaban pacientemente consolando a sus hijos enfermos, que llevaban en brazos. Tampoco observé las sonrisas de gratitud de los pacientes que habían sido atendidos los días anteriores y habían vuelto para proseguir el tratamiento. Todo lo que quería era que el día acabara de una vez. Correteaba nerviosa, apresurada y molesta. Sabía cuál era mi trabajo y lo iba a hacer. ¡Pero que nadie se interpusiera en mi camino!
Oré: «Señor, cómo me duele la espalda, y tengo los pies como si los hubiera pasado por un molinillo de picar carne. Te lo ruego, ¡haz que este día pase rápido!... ¿Dónde están los médicos?» Su retraso entorpecía mi inclinación a trabajar a paso ligero.

Salí para ver si veía llegar a alguno, y Jesús me habló con la voz siempre amorosa que muchas veces oigo en mis pensamientos: «Stephanie, ¿qué dice el capítulo 13 de la 1ª epístola a los  Corintios?»
Tragué saliva, y respondí: «Que sin amor nuestras buenas obras no valen nada».
Añadió: «¡Exactamente! Los ayudas físicamente, pero también necesitan salud para el espíritu.
Necesitan ver resplandecer Mi amor a través de ti, y también sentirlo. Tienes que ser Mi rostro, Mis manos y Mis pies; encarnar Mi amor. Sin amor, tanto desvelo y sacrificio no vale nada.»
Trabajaba largas horas, me mataba de trabajar, pero había olvidado lo más importante: amar a aquellos a quienes servía. «Jesús, perdóname», rogué.

Con este recordatorio del Señor, todo cambió. Me ayudó a andar más despacio y dedicar tiempo a sintonizar con cada paciente.
Al poco rato, noté que todos los que aguardaban en la sala de espera su turno para operarse parecían asustados o preocupados, así que tomé unos pósters y se los fui entregando a todos. El primero leyó el título en voz alta: ¿Para qué te preocupas? Estás en manos de Dios. Todos se rieron al darse cuenta de que en realidad no se ponían en las manos de los médicos, sino que en realidad estaban en las de Dios. ¡Cómo no iba Él a hacerse cargo! De pronto estaba riéndome con ellos y dejaron de dolerme la espalda y los pies. El cielo me pareció más azul y el calor menos sofocante. Quería disfrutar el día y disfrutar de cada momento, entregándome de lleno a aquellas personas tan necesitadas. En vez de querer terminar a la mayor brevedad, quise que durara lo más posible para poder comunicarles tanto amor como me había dado el Señor.

El amor es el primer mandamiento que nos dejo Dios

El dar Amor se puede dar de tres maneras: a regañadientes, por deber y con gratitud. El que da a regañadientes dice: «No me queda otra». El que da por deber: «Es mi obligación». Y el que da con gratitud: «Quiero hacerlo».

¿En cual nivel o como lo brindas Tú?

Hay muchas cosas que te impiden amar. Pero te indicaré la forma de echar abajo esos obstáculos e impedimentos y te ayudaré a convertirte en una vasija de Mi amor.
Primero debes dejar que te llene. Una vasija oscilante, inquieta, no se puede llenar. Es preciso que estés quieto. Debes darme tiempo para llenarte. Debes ser como un vaso vacío, destapado e inmóvil que aguarda que Yo lo llene.
¿Piensas que puedes verter amor de tu propia fuente? Muy pronto descubrirás que tu amor será hallado falto. Cuando tengas roces con los demás, te fastidiarán sus idiosincrasias y peculiaridades.
Ello dará pie a que pienses: "¿Dónde está ese gran amor que presumiblemente tengo?" Eres incapaz por ti mismo; hasta las cosas más mínimas te irritarán. Más con Mí poder sí puedes. Si te llenas de Mí y de Mi grandioso amor, tendrás más que suficiente. Ese amor rebosará sobre toda persona con la que te encuentres.
Si pasas ratos conmigo, saldrás de tus aposentos reflejando Mi amor en tu rostro. Quienes te vean sabrán que no es cosa tuya, sino Mía. Reconocerán que no es algo que provenga de tu propia fuerza, de tu propia energía. Sabrán que no es una costumbre que has adquirido o una destreza que posees. Si te retiras a tus aposentos y pasas tiempo conmigo, Yo te enseñaré a amar.

 

Dios nos ama atanto que dió su vida por ti